martes, 11 de marzo de 2014

MADRID

 
De Madrid al cielo, dice una sentencia popular. De Madrid al cielo.
No, no significa que Madrid, con sus ruidos y sus gentes, maltrate hasta el extremo de otorgar, por el simple hecho de vivir entre sus muros, un puesto en la corte celestial.
Tampoco quiere significar que visto Madrid, no exista ya bajo el sol lugar alguno en la tierra que se le pueda comparar en razón de la bondad de sus gentes y la belleza de sus calles. No.
De Madrid al cielo tiene un sentido mucho más prosaico. El dicho popular  quiere solamente recordar que los embajadores del obispo de Roma acreditados en la corte de estos reinos alcanzan siempre el máximo escalón eclesiástico previo al propio papado: la púrpura de los príncipes, el cardenalato.
Y así ha acontecido regularmente. Quiero recordar que incluso cuando no sucedió, una única ocasión en la que el nuncio acreditado en Madrid no pasó directamente a ocupar un puesto de máxima responsabilidad en la curia vaticana como cardenal, se debió a que  ocupó destino en otra capital que posee el mismo privilegio de acceso al cielo eclesiástico: el nuncio ante Madrid, una vez cesado, fue destinado como nuncio a París.
Lo que hoy pretendía era traer a su atención, improbable lector, hacia el blasonario cardenalicio. El armorial de los príncipes de la Iglesia, tomado en conjunto, pasa del cinco, alcanza el aprobado. Es cierto que hay escudos que llaman al sonrojo, verdaderos bochornos heráldicos, pero tan cierto como lo anterior es que muchos de ellos poseen una factura magistral.
Me permitiré exponer algunos de los que exhiben una heráldica más acabada: El primero de ellos, de ahí la introducción relativa al proverbio popular sobre Madrid, es el que significa al que fuera nuncio en Madrid, el ya cardenal don Manuel Monteiro de Castro:
Convendrá conmigo en que se trata de unas armas bien simples, armónicas y equilibradas. De manifestar un reparo, un inconveniente a la perfección, sería el terrasado. El mismo terrasado que presentan las armas de Madrid.
El cardenal don Raffaele Farina, muestra del mismo modo un blasón bien simple y por eso interesante.
Su eminencia don Bernard Panafieu alcanza a mostrar unas armas que para mí, no sé si con razón, simbolizan la región perdida hace siglos a favor del reino de Francia que hoy denominan algunos Cataluña Norte.
Don Raymundo Damasceno Assis ostenta las que son, sin lugar a dudas, las más escuetas armas de todo el colegio cardenalicio:
Y por fin, y ya termino de aburrirle improbable lector, el cardenal Ivan Dias, muestra las que considero más acabadas armas del conjunto de los príncipes de la Iglesia universal: