viernes, 24 de enero de 2014

DEL LINAJE DE DAVID

 
Tetramorfos, cuatro formas, es la expresión griega que se ha utilizado tradicionalmente para referirse a las figuras alegóricas de los cuatro evangelistas canónicos. Habituales en la iconografía altomedieval, el románico conserva para la cristiandad los más acabados exponentes.
Juan el evangelista ha venido siendo representado por un águila nimbada.
La misma que dispuso la reina de Castilla doña Isabel como soporte de sus armas en recuerdo de su padre, el rey don Juan II de Castilla.
Se ha representado a Juan por medio del águila a consecuencia del prólogo de su evangelio. Prólogo que se elevaba a las más insignes alturas, como un águila. Prólogo que hasta la reforma que provocó el concilio Vaticano II se recitaba como liturgia obligada después de la homilía. Prólogo que recoge, en palabras del autor de El nombre de la rosa, la única verdad incontrovertible:

In principio erat verbum
et verbum erat apud Deum
et Deus erat verbum.
Hoc erat in prinicpio, apud Deum.

Marcos se ha figurado por medio del león. El león de san Marcos, tan habitual en las armas de recientes papas que habían ocupado previamente la sede veneciana.
El símbolo del león hace referencia al comienzo del texto sagrado: la predicación del bautista, que habitaba el desierto, terra incognita ubi sunt leones, donde habitan los leones.
El evangelista Lucas se ha simbolizado tradicionalmente por medio de un toro, traído un poco a la fuerza, debido a que su evangelio comienza con la escena de Zacarías en el templo, lugar en el que se sacrificaban bueyes y terneros.
Y por fin, el ángel figura a Mateo porque se eleva a las alturas de la descripción del árbol genealógico del Maestro, para enlazarlo con el rey David.
Y ese es el punto al que quería llegar. A Jesús se le nombra en el evangelio como Hijo de David. Como descendiente del linaje del rey David. Hoy quiero atraer su atención, improbable lector, hacia el concepto de linaje.
La heráldica en sus orígenes, permitía que cada individuo utilizara a lo largo de su vida diferentes armerías. Y aún adoptando un único blasón en el devenir vital, no era en absoluto sucedido por su familia.
Con los años, esta costumbre se alteró pasando a ser trasferidas a la descendencia. Sólo a la descendencia. Desde entonces y hasta hoy, más de ochocientos años de evolución heráldica, las armas se poseen como muestra de pertenencia a un mismo linaje.
El proceso surge a partir de un individuo que necesariamente adopta armas nuevas. Sus descendientes, hombres y mujeres, portan las mismas pero únicamente las trasmiten los varones. Todos los que en un momento determinado muestran idénticas armas significan su pertenencia al linaje.
Al contrario que en otros cercanos, en estos reinos que hoy conforman España no se utilizó brisura, excepción hecha necesariamente en el entorno de la real familia, habida cuenta que solamente el rey, entonces como hoy, puede tomar por armas las que signifiquen al reino.
No se utilizó la brisura porque lo que pretenden los blasones es demostrar gráficamente la pertenencia a un linaje. 
Es decir, la voz linaje para nuestra ciencia significa descendencia de un individuo determinado. Descendencia que portará idénticas armas en pacífica sucesión por línea agnaticia, esto es, de varón a varón. Las damas las poseerán, pero no podrán trasmitirlas.
Cuando nuestra ciencia insiste en que los comercios que ofertan las armas del apellido son un fraude, lo que se pretende es poner de manifiesto la forma de trasmisión de las armerías. Conocido que únicamente los descendientes de quien adoptó unas armerías están  legitimados para ostentarlas resulta evidente que la mera coincidencia de apellidos no indica que se pertenezca al mismo linaje, que se descienda de la misma persona que tuvo el buen gusto de adoptar un blasón.
A modo de conclusión le animo, improbable lector, a que si no ha recibido de sus antepasados unas armerías definidas, se decida a adoptar armas nuevas que perpetuará su linaje.
(No quiero que se me olvide: las soberbias láminas de escenas medievales han sido realizadas por don Ángel García Pinto).