viernes, 13 de diciembre de 2013

MUEBLES TRADICIONALES

La prueba más evidente de que la heráldica nació como señal que identificara a la persona recurriendo a elementos reales es que aún, en los más distinguidos y tradicionales (perdón por la redundancia) ambientes, se mantiene el uso de los que hoy consideramos muebles heráldicos arcaicos. 
No me explico con mucha claridad, lo sé. Lo que quiero decir es que los elementos que consideramos hoy propios de la heráldica, arcaicos, antiguos, en el momento en el que se inició su representación sobre escudos, eran utensilios verdaderamente cotidianos. 
Y añado mi apreciación personal: únicamente en los ámbitos sociales más distinguidos aún se siguen utilizando cotidianamente esos mismos instrumentos. 
Así, la corona que hoy se dispone timbrando las señales heráldicas fue en su momento verdadero tocado.
Y únicamente en las monarquías más tradicionales permanece en uso. 
Al igual que la tiara pontificia, que hasta el reinado del papa Pablo VI perduraba vigente en su utilización.
El mismo argumento es válido para el yelmo de guerra, que significaba verdadera protección al acudir a la batalla. 
O la espada, tan habitual en armerías de la cristiandad entera, era entonces verdadera y cotidiana arma de guerra. 
Y concluyo con el mueble al que deseaba referirme al iniciar esta exposición: el báculo con velo que significa a un abad mitrado. 
Como efectivamente recuerda el libro sobre eclesiástica de nuestro santo patrón, el arzobispo Bruno Heim, los abades mitrados de monasterios deben acolar a sus señales heráldicas un báculo que, para ser distinguido de aquel que designa a un prelado ordinario, debe añadir a su astil un velo de plata. 
Y, como no podía ser de otra forma en un monasterio, que es necesariamente lugar que mantiene vigente la tradición, en la foto que concluye esta tediosa entrada se aprecia con nitidez el uso del velo engarzado al báculo significando al abad mitrado que lo porta.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

CONSIDERACIÓN DE FORROS


Mandamiento primero: 
No dispondrás metal sobre metal, ni color sobre color. 
Y cumplirás este mandamiento sin excepción 
salvo en el caso de que el esmalte de las armerías 
se defina como uno de los forros. 

Remite recado electrónico el señor de Sabiote, en el reino del Maestrazgo. 
Y es que don Juan Fernández Molina no sólo es extraordinario dibujante heráldico, con un estilo personal que convoca crónicamente clientes hacia su labor, sino que además, y esto sí que es verdaderamente excepcional, observa con detenimiento y se replantea materias aceptadas globalmente de nuestra ciencia. 
Y es que tradicionalmente se han admitido como inamovibles determinados aspectos, por parte de aquellos que nos hemos acercado al estudio de las armerías. Y me plantea, en relación a la última entrada de este tedioso blog, en la que se exponía el perpetuo y consentido incumplimiento de la ley de los esmaltes, una solución.
Solución que obliga a alterar la permanente concepción que poseemos de los forros heráldicos.
Sí, ya lo ha adivinado, improbable lector, lo que plantea el señor de Sabiote es que aquellos que gustan de pontificar sobre heráldica pasen a considerar las particiones de piezas múltiples como verdaderos forros.
Me explicaré, que cada vez escribo peor. Es costumbre acepada que los forros, léanse veros en cualquiera de sus modalidades y armiños en cualquiera de las suyas, 
que esmalten cualquier pieza o mueble, necesariamente, incumplirán la ley de los esmaltes. 
Y qué otra cosa son los campos que acomodan particiones o piezas compuestas sino forros, que necesariamente disponen color y metal alternados. 
Acertada sin duda la apreciación de tan sabio maestro de nuestras ciencias que, a buen seguro, obligará a alterar la definición de algunos conceptos unánimemente admitidos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

CHEVRONADO

Efectivamente, me agrada escribir. Lamentablemente carezco de tiempo. Hoy propondré a su aburrida atención, improbable lector, tan sólo unas imágenes. 
Hacen referencia a las armas de la diócesis norteamericana de Helena, en el Estado de Montana. La regla heráldica por excelencia, aquella que impide disponer metal sobre metal o color sobre color, se incumple por convenio aceptado universalmente cuando el campo del escudo se define a partir de particiones regulares que combinan, como es preceptivo, color con metal. 
Así, un campo burelado, jaquelado, barrado o chevronado, admitirá por acuerdo que el mueble que se disponga brochante pueda tintarse de cualquier esmalte heráldico, desoyendo la norma. Tal es el caso de la diócesis de Helena. 
Se trata de un elegante chveronado de plata y sinople, en el que resuenan muy vivamente las montañas que rodean la ciudad. Chevronado cargado de una corona real antigua de oro, mueble que significa con acierto a santa Helena, y de una cruz ancorada que atraviesa el aro de la corona, también de oro. 
Dos muebles de oro sobre un campo de plata y sinople. Pero la regla no se incumple. Sin duda unas armas muy bien concebidas en su pretendida significación y, en su simplicidad, del todo distinguidas. 
Sí, sí, lo recuerdo, improbable lector, nuestro santo patrón el arzobispo Bruno Berbard Heim regaló a la cristiandad entera la redacción e ilustración de un libro para demostrar que el criterio de disponer metal sobre metal no se cumple en multitud de armas de notable antigüedad.
Pero en el caso de las armas que hoy propongo, me refiero a los jaquelados, burelados, palados y demás, no se incumple la regla: el metal se dispondrá correctamente sobre un campo de metal y lo mismo ocurrirá con los colores.