martes, 17 de diciembre de 2013

LOS PALOS Y EL UMBRELINO

Hoy plantearé dos ideas y una conclusión:

Idea Primera: Clásico no significa antiguo, significa éxito cotejado por la experiencia.
Y es que el recurso a los clásicos es siempre acertado: si tiene usted, improbable lector, un compromiso y no sabe qué regalar recurra a los clásicos, compre un libro de Calderón o de Lope, el acierto está asegurado; si no sabe qué comprar a su dama recurra a los clásicos, regale perlas que conformen un collar; si no sabe qué leer sobre heráldica una noche de insomnio, recurra a los clásicos. No dormirá, efectivamente, pero se divertirá y avanzará en el conocimiento de nuestra ciencia.
Idea segunda: Nunca he comprendido del todo bien el por qué del odio al humo que expele el consumo de tabaco. El acuerdo que hemos alcanzado los habitantes de mi propia casa es que si se fuma, se fuma fuera. Y si hace un frío excesivo, que el invierno de la sierra de Madrid es gélido, en la cocina. Mi mujer es cabal, pero no he sido capaz de transmitirle un pensamiento que siempre me ha rondado por la cabeza: el humo mata, pero no el del tabaco. Me explicaré: es sabido que es posible quitarse la vida encerrándose en un garaje bien cerrado, dejando el automóvil arrancado. El humo del coche sí que mata.
Por el contrario, me explicaba un compañero médico, teniente coronel neumólogo, que la mitad de los casos de muerte por proceso tumoral localizado en los pulmones lo padecen no fumadores. Luego el humo del tabaco no mata. Mata el humo de los coches. ¿Por qué entonces no impiden que circulen los coches por vías urbanas y sí que estorban fumar en casi todos los lugares públicos, especialmente en los asociados al ocio?
Ahora la unión de las dos ideas anteriores: Cumpliendo los axiomas anteriores me decidí ayer, fumando en la cocina de mi propia casa, (que el resto de estancias, que son pocas, me están vedadas), a repasar al autor clásico que más páginas de sabiduría ha aportado a nuestra ciencia: don Faustino Menéndez-Pidal y de Navascués. Opté por el profundo El escudo de España y lo abrí al azar por la página 103, en la que repasa los antecedentes posibles de las armas que adoptara el conde de Barcelona y príncipe de Aragón don Ramón Berenguer IV.
Recordaba el maestro los supuestos antecedentes fabulosos, moralizantes pero ficticios, relativos al origen de los palos de Aragón. Por un lado, aquel famoso rasgado del escudo pleno de oro con los dedos manchados de sangre reclamando venganza,
y por otro, la supuesta elección del palado como copia del umbrelino papal, después de la visita del rey de Aragón a Roma en 1204.
En cuanto al primer supuesto origen no hay mucho que comentar: Pretender que tres siglos antes de iniciarse el proceso heráldico ya se adoptaran armas es absurdo. Pero en cuanto al segundo supuesto origen el asunto alcanza mucha mayor trascendencia.
Don Faustino data, a través de sellos rodados, el primer escudo palado como identificativo del conde de Barcelona en 1150. Posteriores sellos de años casi sucesivos vienen a confirmar que la elección de las armas se había consolidado. Por el contrario, la primera representación del umbrelino papal se conserva en Roma y su datación inequívoca es posterior a 1204.
En consecuencia,  el maestro Menéndez-Pidal afirma rotundamente que la elección de los gajos alternativos de oro y gules que significan a los pontífices vino inspirada en el palado de las armas del conde de Barcelona y no, como se ha escrito abundantemente, al revés.
Concluyo redundando en la idea: la elección de las armas que realizó don Ramón Berenguer IV, el santo, en el entorno del año 1150 tuvo directa e inmediata influencia en la elección de los colores del símbolo del papado. Signo pontificio adoptado hacia 1205, después de recibir la visita con, podemos suponer, abundante aparato heráldico, del príncipe de Aragón y conde de Barcelona.